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Antonio Alfeca

24 Abr

MASS MEDIA

En este mundo hay formas de salir de este mundo sin salir de él;
Santa Sabelotodo siembra por doquier flechas, rótulos, enigmas
para tanto ser dudoso en su cosecha.
Le salgo al paso y ella me asedia
con un manto muy espeso, versicólor
(veinte años, rubia, alta, ojos verdes):
“Hace frío allá, toma el Camino por aquí y por aquí,
esto difiere de lo otro, seguro
sin duda yo haría lo mismo.

Todo fuera es nivola, todo la sombra de una mala profecía
y no hay causas sino Causa
para comer, para beber,
para extirparse las penas,
para teñirse de fucsia,
para anillarse el duodeno,
para perforarse el alma,
para hacerse desmontable
o también todo lo contrario.
Recibe a cambio una estupenda vida, única; ¡pero qué digo, la tienes gratis!
Y luego duerman, duérmanla y vean, y ardan
de deseo -ya dijo Píndaro
que al principio fue el fuego:
nosotros somos la chispa-.

Con nuestra abigarrada red Ud. podrá cooperar,
cómodamente sentado en el salón de tu casa,
desde cualquier ciudad, desde Seattle o Las Vegas,
en salvar a esos pobres niños del Sudán
que están en el puro hueso, los pobrecitos
-la verdad, y sin faltar a nuestro código ético de profesionales,
se parecen demasiado a esas chicas víctimas de la anorexia,
no sabemos por qué-.

Si alega un hastío injustificado
en sus momentos de árida incertidumbre,
si no experimentó la más absoluta normalidad
en esos días críticos,
o te abandonaron como un mal desodorante
tus seres queridos,
pondremos en marcha, en exclusiva para Ud.,
nuestra eficaz fábrica de sueños; claro está, declinamos
toda responsabilidad en caso de pesadillas
u otros efectos secundarios
aunque, sin duda alguna, lo lamentamos;
siempre actuamos de buena fe.

Le traemos, le llevamos,
le cambiamos el pistón,
le proveemos un buen cambio
y si tiene la desgracia
de algún fatal accidente
podemos remodelarle
hasta la base del cráneo;
y aún en el caso remoto
de que se le desmenucen
la tibia o el peroné
o una parte del encéfalo,
todo lo cubre el seguro:
quedará como clonado.

Siga nuestras indicaciones.

Le ofrecemos la luna y el sol,
dos relojes de charol
y mundos que no existen,
que ya no existen,
que aún no existen,
que no existirán
porque son de nuestro copyright.
Es que somos inimitables, inconfundibles,
tenemos un sello propio, genuino:
incluso podemos ser el cuerpo de Ud.;
¡mas Dios nos libre de privarle
del derecho de elegir
libre y responsablemente!”

Menos mal:
queda el consuelo de no morir
por imperativo legal,
aunque me despedazase una jauría de hombres
que alquilaran mi carroña
a servicios funerarios “La Esperanza”

y aunque cambiasen la frase
de Jesús en el madero:
“A Ti, Diosa, encomendamos nuestros productos.”
Se acabó. Todo está liquidado.